Dejo atrás mis vicios. Mi vicio de fumar, que creí haber dejado a un lado. Solo cambié un humo gris por un humo blanco. Mi vicio de video-jugar, que aunque parecía inofensivo, fue nocivo en más aspectos de los que en su momento acepté. Mi vicio de acercarme a ti. De abrazarte por la espalda, de perderme en tu cuello, de susurrarte lo que mi torrente sanguíneo me exigía decirte. Mi vicio de mirarte a los ojos y sentirme un hombre completo, capaz, decidido, como si en ti pudiera encontrar todas mis respuestas. Mi vicio de agradecer a Dios por ti, porque pensé que el infinito, en su caótico accionar, me había dado por fin un premio. Mi vicio de amarte. Porque aun extrañándote, sé que no volverás a mí de la misma manera en la que llegaste un día: libre, voluntaria, luminosa. Y… mi vicio de juzgarme. Porque incluso cuando estaba contigo, yo mismo no sabía acompañarme. Algunos de estos vicios los dejo por decisión propia, porque sé que me harán mejor. Otros los dejo por fuerza mayor, porque ...