Barvaria


La noche en que encontraron el cuerpo de Julián Rivas, la fábrica no detuvo su producción.

Las cintas transportadoras siguieron avanzando bajo la luz blanca y temblorosa; las botellas tintineaban como dientes castañeando en una boca metálica. En el sector de limpieza CIP, donde la soda cáustica corría por las tuberías para devorar residuos orgánicos, alguien notó primero el olor. No era exactamente carne quemada. Era algo más antiguo, más mineral.

Julián había llegado a la planta cinco años atrás, poco después de la muerte de su hija. Nadie supo nunca los detalles. Algunos decían que fue una fiebre mal diagnosticada; otros, un accidente doméstico. Él jamás lo aclaró. Sólo comenzó a aceptar turnos dobles y a llevarse, con una displicencia que nadie cuestionaba, latas defectuosas que “no podían venderse”. Las ahogaba en su garganta como si cada sorbo pudiera llenar un hueco que no tenía fondo.

Vivía en una casa húmeda a las afueras del pueblo, donde las paredes sudaban salitre y el aire olía a cebada rancia. En la mesa de la cocina había siempre una botella abierta, un vaso sin lavar, y una fotografía volteada boca abajo. Si alguna vez alguien lo invitó a hablar de su pena, él respondía con una sonrisa opaca y un brindis.

En la planta, Julián trabajaba en el área de sanitización. Su tarea consistía en vigilar el ciclo químico que limpiaba tanques y tuberías con soluciones alcalinas concentradas. Decía que le gustaba ese turno porque “nadie molesta a las tres de la mañana”. Lo que no decía era que a esa hora el murmullo de las bombas y el fluir de los líquidos adquirían una cadencia hipnótica, casi respiratoria.

Al principio fueron sólo sueños.

Soñaba con depósitos infinitos bajo la fábrica, más profundos que los tanques de fermentación, llenos no de cerveza sino de una sustancia negra y viscosa que latía. En sus paredes, símbolos grabados que no pertenecían a ningún alfabeto humano. Y una voz —no un sonido, sino una presión en el cráneo— que le susurraba desde el fondo del líquido: disuelve, limpia, borra.

Julián comenzó a prolongar los ciclos de lavado más de lo indicado. Aumentaba la concentración de soda cáustica, dejaba que el líquido circulara durante horas. Decía que era por seguridad, por higiene. Pero a veces se quedaba mirando la pantalla de control, donde los números parpadeaban, como si esperara una respuesta.

Una madrugada, el supervisor lo encontró hablando solo frente a un tanque abierto. Tenía las manos desnudas, apenas a centímetros del vapor alcalino que se elevaba como un aliento invisible.

—¿Escuchas cómo canta? —preguntó Julián sin apartar la vista.

El supervisor sólo oyó el burbujeo constante de la solución química.

Días después comenzaron las quemaduras. Pequeñas al principio: manchas rojizas en los antebrazos, la piel agrietada. Julián las ocultaba bajo mangas largas. Pero él sabía (porque la voz se lo decía) que aquello no era un accidente. La soda cáustica no lo estaba destruyendo; lo estaba preparando. “Purificando”, susurraba esa presión helada detrás de sus ojos.

La noche final, el registro de cámaras mostró algo que los ingenieros jamás supieron explicar.

Julián ingresó solo al área de limpieza. Cerró la puerta desde dentro. Ajustó manualmente la válvula principal del tanque CIP, incrementando la concentración a un nivel que ningún protocolo permitía. Luego se quitó los guantes. Se arremangó la camisa.

Se acercó al borde.

Durante varios segundos permaneció inmóvil, mirando el líquido lechoso que hervía con una furia silenciosa. Después, con una serenidad casi tierna, introdujo ambas manos.

No gritó de inmediato. Su rostro mostró primero una expresión de alivio. Como si, por fin, algo tocara el vacío que llevaba dentro.

La soda cáustica devoró la piel con rapidez clínica. La carne se abrió en llagas blanquecinas. Cuando el dolor llegó (y llegó como un relámpago total) Julián ya se había inclinado demasiado. Su peso venció el equilibrio y cayó dentro del tanque.

Los sensores registraron una anomalía térmica. Las bombas siguieron funcionando durante cuatro minutos antes de que alguien notara el error.

Lo que hallaron después no fue exactamente un cuerpo. Las soluciones alcalinas no dejan restos nobles. Pero lo más perturbador no fue la disolución parcial de sus tejidos, ni las marcas químicas en el acero.

Fue lo que apareció en el interior del tanque tras el drenaje.

En la pared metálica, donde la soda había circulado con violencia, quedaron grabados surcos profundos, como si algo hubiese raspado desde dentro. No eran arañazos caóticos. Formaban patrones. Curvas y ángulos imposibles, repetidos con una precisión que ningún objeto flotante podría haber trazado.

Los peritos hablaron de turbulencias, de reacciones exotérmicas, de residuos cristalizados. Pero uno de los operarios, un hombre joven que había compartido turno con Julián, aseguró que, al vaciar el tanque, escuchó algo. No un eco. No el ruido del metal enfriándose.

Una respiración.

Desde entonces, los lotes producidos en esa línea tienen un defecto extraño. No en el sabor, nadie ha reportado nada, sino en el comportamiento del líquido. Bajo ciertas luces, al inclinar la botella, se forman remolinos que persisten demasiado tiempo. Espirales oscuras que no siguen las leyes simples de la física.

Y algunos trabajadores, durante el turno de madrugada, juran que el murmullo de las bombas ya no suena igual.

Dicen que, entre el flujo de los químicos y el roce de las tuberías, se distingue un ritmo distinto, más profundo. Como si algo, en los depósitos invisibles bajo la fábrica, siguiera latiendo.

Disolviendo.

Limpiando.

Borrando.

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Una historia inspirada en una conversación casual que sostuve alguien esotérico que le gusta entretenerse viendo como las personas pueden imaginar cosas, eventos paranormales, hasta el punto de verlas, sentirlas, oírlas. Mientras rondas infinitas de cervezas recorren miles de metros cuadrados en un área delimitada por vallas de concreto, metal y presencia humana por doquier. Espero te entretengas, espero que puedas recordar la persona que, por culpa del escepticismo de aquella persona, rondará eternamente por las instalaciones de aquella fábrica, aunque éste nunca (posiblemente) haya existido. 


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