Confesión

Este acto de confesión me causa pavor,
porque es fácil de malinterpretar.
Hay momentos donde ser frágil se confunde con ser débil,
y las palabras generan contextos tan difusos
que cualquiera puede jugar mal a interpretarlas.

Quiero decirles algo simple:
estoy cansado.

En mi cabeza resuenan ecos de cosas que hice mal,
y se repiten con tanta insistencia
que a veces no me dejan ver la vida como realmente es.

Por eso muchas veces he decidido callar,
por el bien de la trama de los demás.
Porque tener algo que decir
pierde todo el sentido
cuando nadie quiere escuchar.

Siento que me ahogo en un mar de pocos metros de profundidad,
donde mi propia mente levanta olas enormes
con apenas un poco de agua.

Hay días en que solo me moja los pies.
Otros, en que me cubre los ojos
y me hace sentir
que no puedo respirar.

Esto no es un grito de auxilio.
Sé que hay cosas que solo puedo resolver yo.
Y quizá por eso mismo da miedo:
porque mi mente no siempre entiende
que pensar demasiado también puede ser una trampa.

Hoy, madre, hermanos,
he decidido algo distinto:
no quiero seguir viviendo esta vida
tal como la he estado viviendo.

Algo tiene que cambiar.

Los quiero.
Los extraño.
Son mi vida entera,
aunque muchas veces no sepa demostrarlo.

Pero ya no quiero seguir así:
inundado de pensamientos,
ahogado en tiempos pasados,
peleando conmigo mismo.

Esto no es una despedida.

Sería absurdo acortar el tiempo
en este lugar que me permitió conocerlos a ustedes.

Solo es una pausa.
Un intento de empezar distinto.

No se preocupen demasiado por mí.
Sigan viviendo sus vidas.

Yo también estoy intentando aprender
cómo volver a vivir la mía.

Los quiero un montón.

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